La amenaza de desintegración de la familia tras la pérdida: un ejemplo público

Bowlby definió, en 1980, el duelo familiar como el “proceso familiar que se pone en marcha a raíz de la pérdida de uno de sus miembros”.  Sin duda, las familias ven alterado su funcionamiento habitual ante la crisis que implica la amenaza de pérdida y la propia muerte de uno de sus miembros. Si la familia tiene suficientes recursos reaccionará con un cambio adaptativo. Si carece de ellos, se enfrentará a dificultades que pueden implicar su desintegración.

Un ejemplo de ello se puede apreciar en la familia de una conocida cantante de nuestro país, que a principios de agosto del 2008 ingresó en el hospital por una ictericia no filiada. En un primer momento se consideró como una enfermedad crónica que se descartó a finales del mismo mes, confirmándose el diagnóstico de cáncer de páncreas. Sin tiempo para pensarlo, la paciente y parte de su familia se trasladó a Houston con la esperanza de encontrar un tratamiento que salvara su vida pero todos los esfuerzos resultaron insuficientes, perdiendo la vida casi dos años más tarde.

Por lo que podemos conocer de esta familia a través de los medios de comunicación, todo parece indicar que tenía una estructura matriarcal en la que la fallecida desarrollaba el rol principal. Con una personalidad tan arrolladora como su arte, fue el motor de los ingresos de la familia, y tejió una estructura profesional en la que su hermano ejerció las funciones de representante artístico, y la esposa de éste trabajó junto a ella como asistente personal de la máxima confianza. La hija de ambos, y sobrina de la cantante, fue educada para seguir los pasos artísticos de su tía. En el momento que la enfermedad irrumpe en esta familia, la artista estaba divorciada de su primer marido, con quién tuvo una hija a la que bautizó con su mismo nombre (quién sabe si con un deseo inconsciente de trascender a su propia existencia), y se había vuelto a casar de nuevo, adoptando dos hijos con su nuevo marido.

Siete años después de la desaparición de la cantante, el periodismo del corazón nos muestra un panorama familiar muy distinto:

El esposo de la artista sufrió un terrible accidente de circulación provocando la muerte de un ciudadano, presuntamente a causa de una conducta de riesgo que los tribunales no lograron demostrar. Durante el juicio, y siempre según informaciones aparecidas en la prensa, varios testigos le escucharon decir: “ojalá me hubiera muerto yo”. Nos podríamos preguntar si la presunta conducción temeraria respondía a un deseo inconsciente de reunirse con su amada.

Por lo que respecta a los hijos, la primogénita ha desaparecido del escenario público y parece que mantiene una cierta distancia respecto al resto de la familia. Los medios de comunicación refieren dificultades de relación del hijo adoptivo con su padre, así como una falta de definición en un proyecto personal evolutivo.

La cuñada ha experimentado una espectacular transformación, de modo que guarda un asombroso parecido con la fallecida tanto a nivel físico como en su lenguaje corporal. Para sorpresa de toda la familia ha pasado de ser la discreta asistente de la artista a desarrollar un rol profesional prestigioso, convirtiéndose en la que probablemente genera más ingresos de todos. Su hija, que un día estuvo predestinada a seguir los pasos de la tía, parece que no logra hacerse un hueco como cantante, aunque ha conseguido otro trabajo como comentarista de televisión.

El hermano, que a priori podía parecer quién gozaba de una mejor posición en la familia, lo ha perdido todo: Según se refiere en la prensa rosa, a pesar de haber recibido una importante herencia se encuentra aplastado por las deudas. Lógicamente ya no puede ser el representante de la cantante fallecida, y tampoco la de su propia hija, que ha decidido relevarle en esa función. Su matrimonio se ha roto en mil pedazos. Hace poco tiempo declaró: “Si mi hermana viviera, todo esto no hubiera ocurrido”. ¡Cuánta razón tiene!

Lamentablemente, su hermana no puede seguir viviendo, pero eso no es incompatible con encontrar un nuevo equilibrio que resulte satisfactorio para todos los miembros de la familia.  Para ello se hace necesaria una profunda reflexión en común de todos ellos sobre la estructura familiar, los vínculos afectivos, la evolución de los roles, la flexibilidad, los sistemas de comunicación intrafamiliares, las reglas familiares, normas, valores, los modos de resolución de conflictos, la no normatividad de la pérdida, el momento del ciclo vital familiar en que acontece la muerte, posibles secretos de familia, lealtades ocultas, etc… También podría resultar positivo para todos comprender  la manera en que cada uno ha rediseñado su nueva vida a partir de la pérdida, y de qué modo influye en la de los demás miembros de la familia.  Por supuesto no es tarea fácil. Quizás un terapeuta familiar hubiera resultado de gran ayuda para ello.

No quisiera terminar sin agradecer a esta familia su generosidad por mostrarnos públicamente su evolución, cosa que me permite ilustrar la amenaza a la que se ven sometidas las familias en su proceso de reorganización durante el duelo, así como expresar mi más profundo respeto por el sufrimiento que arrastran todos sus miembros desde la pérdida de su ser querido.

Soy, sobre todas las cosas, un ser humano. ¡Me apasiona mi profesión! Considero a las personas como seres intrínsecamente relacionales. Creo firmemente que resulta imposible comprender al ser humano sin tener en cuenta sus relaciones. Nacemos en una familia y nos desarrollamos constantemente en interacción con los demás, y la satisfacción en estas múltiples interacciones influye de forma determinante en nuestra calidad de vida emocional; en nuestra felicidad. Me temo que como psicólogo soy un tanto peculiar. Entiendo la relación terapéutica como una relación entre dos expertos, y la base sobre la que se sustenta el cambio terapéutico. Para mí es un privilegio ser invitado por mis clientes a establecer una relación de intimidad, confianza y compromiso mutuo que implicará recorrer juntos un tramo de la teva vida.

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Enric Soler - Psicólogo colegiado 16.303

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